Cuando tenía diez años, mis mayores inquietudes consistían en terminar los deberes lo antes posible para poder irme a la calle. Punto. Para mí, un “suficiente” con recuerdos de una semana de largas tardes con los amigos siempre fue mucho más gratificante que un “sobresaliente” a secas. Así que por esos campos me movía.
Con diez años la vida era fácil. Ni sabía ni me importaba quién era Stanley Kubrik ni, por supuesto, mostraba interés alguno hacia cualquier cosa susceptible de ser etiquetada como arte más allá del pilotaje de Ayrton Senna o los senos de Claudia Schiffer.
Compartía mis horas con gente de la más diversa procedencia cuya edad rondaba la mía. Hablábamos y hablábamos sobre cualquier tontería durante horas y horas y, sin embargo, a algunos de ellos me los encuentro ahora una noche y compruebo no sin lástima cómo no tenemos nada de qué hablar.
Son los llamados hombres de diez años.
· Texto: Voleur D’Avant-Garde
· Fotografía: Claudia Schiffer, autor desconocido






